La Mano de Dios
Valen

En las Fronteras Interdimensionales: Capitulo I

El último sol de lo que hace billones de años era una galaxia que giraba en armonía en un rincón inapreciable del universo todavía estaba alto cuando Anselmo Gámez salió de la recepción. Tiene dos días libres. Ha dudado por un segundo si gastarlos presentando una solicitud en el Departamento de Muertes y Derechos de Difuntos, pero para eso tendría que atravesar una montaña de registros e instancias que le llevarían más de dos días. Además, la Cámara de Comercio de Madrid pondría trabas ya que le quedaban aún cuatro meses de contrato. Antes de volver a casa se montó en el todoterreno de su madre y se fue a hacer trompos al descampado que está junto al cementerio. Cuando se cansó volvió a casa.

La verdad es que Anselmo es bastante capullo, le gusta robar en las tiendas por ejemplo; si llueve mucho en la parada de autobús no piensa en nadie y se mete el primero como un felino para sentarse clavando las rodillas en la espalda de alguien durante todo el viaje. Le encanta reírse de la gente pero no soporta que se rían de él. En realidad es un chico que busca ser respetado. ¿Pero porqué? ¿Qué ha hecho Anselmo para que le respeten? ¿Por qué no buscar ser amado? ¿O temido? Es hijo de la epidemia blanduzca de la periferia de Madrid, los valores de la juventud están lejos de donde estaban hace años. El respeto y el miedo se mezclaron hasta formar una masa fofa y gris. Anselmo lo sabe porque leyó en una revista que los chicos de su Distrito Social  gastan casi todo su tiempo en parecer duros. Él se quedó entre medias, quiere ser respetado ¿No os dan ganas de vomitar?

Anselmo falla en su trabajo como recepcionista, está todo el día leyendo y no se entera de nada. Lee la prensa del corazón, los folletos neo-católicos, novelas de ciencia-ficción o de acción, lee las revistas de enfermería, los periódicos atrasados, etc. Lo que sucede por lo tanto es que mezcla ideas y cuando le dicen que diga por megafonía que el enfermero debe comunicar con la extensión X, Anselmo le dice a la cocinera que se pase por el control Y. Las parábolas que forman el chorro de sus ideas se acercan mucho a la realidad pero nunca la tocan ni la cruzan. Sus pensamientos van en paralelo a ella hasta el infinito. Para hacerle justicia diremos que al menos no pone la voz de cajera del Mercadona ®cuando habla por el micrófono como sus compañeras. Anselmo habla normal, algún “egque”, algún “mazo”, más de un “en plan”, pero no pone voces.

Introduciéndonos en el subconsciente de Anselmo como solo puede hacer un narrador veremos que sus sueños están plagados de parajes apocalípticos y vetas oscuras de violencia. En uno de ellos, ejércitos de John Waynes desfilan a paso de oca mientras varios antropólogos sentados en un palco con la bandera de España aplauden. Cuando terminan de desfilar Yul Brynner saca un puñal ensortijado y abre en canal a un gitano, rompiendo tendones, carne y hueso como si fuera un rollito de primavera. Cuando el pecho y el abdomen están bien abiertos Yul Brynner comienza a introducir cachorros de bóxer en el interior del gitano. La mente de Anselmo se centra principalmente en las puntadas del torso que encierran a los cachorros, estos se mueven dentro del cuerpo inerte del individuo caló manchando de sangre las manos y la cara del actor al que esta vez parece costarle más trabajo su tarea. El antropólogo jefe saca un pañuelo apoyándolo con reticencia encima de la baranda del palco, como haciéndolo por obligación, y la gente enloquece.

Tampóco le van muy bien las cosas, más bien que mal, tiene lo que ese merece. Pero hoy va a salir por Madrid quiere beberse, drogarse, hablar de violencia con sus amigos. Guarda su abono transportes, su móvil Samsung® con radio del 2011 que ya no fabrican, un libro en el bolsillo interior de la chaqueta y se dispone a esperar en la parada del autobús con más problemas y carga de conciencia que alegría, porque Anselmo es así. El neo-catolicismo le ha ayudado un poco, pero él lo asesina y lo da de comer al mismo tiempo. Esto lo hace pensando, sobre todo cuando se adentra en la Red de Transportes Públicos. La Red le engulle llevándole de un sitio a otro sin saber muy bien como. Bueno corrijo, lo que no sabe es porqué. El cómo si lo sabe. El Consorcio ha introducido desde hace unos años una dosis de cloroformo modificado en el aire acondicionado de trenes y autobuses por el bien del consumidor. El pasajero llega a su destino en un sueño instantáneo y despierta por medio de una punzada en el cuello que un sistema hidráulico de jeringuillas activa con una precisión regular.

PERO. Antes de salir de casa se pone a llover, su madre sale también de casa dando gritos, se pone a recoger la ropa, los dos se ponen a recoger la ropa y a repetir palabras. Palabras de prisa. Cuando han terminado Anselmo se va corriendo hasta la parada comiéndose una nectarina. Como sigue lloviendo y la marquesina está hasta arriba de gente se queda agachado debajo de un olivo barruntando si le caerá un rayo antes de montar en el autobús. Pero todavía está lejos y cada vez llueve más. Esta vez Anselmo ha dejado pasar a las ancianitas antes que él. Hay algo raro en él hoy. ¿Está enfermo Anselmo?

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sigo vomitando como una super modelo bulímica

Estoy solo, me apetece vomitar y todos los días son otro.

El otro día, no éste, el otro, estuve viendo un capítulo de La Dimensión Desconocida que es ya la única serie que veo. El capítulo se llamaba “The Lonely” y trataba de un condenado a cadena perpetua al que se lleva a un asteroide deshabitado para vivir en una barraca de metal. Al señor en cuestión le traen una mujer robot fabricada para amarle. Al principio la rechaza pero después de zarandearla y tirarla al suelo descubre que tiene sentimientos, el robot digo. Él se enamora de ella. Cuando ya estaban más achicopelados vienen a recogerle porque le han dado el indulto, pero no cabe más que una persona en el cohete y se tienen que ir en 20 minutos. El señor corre a por la robot para demostrarles a los funcionarios que ella tiene sentimientos. Pero antes de decir apenas dos palabras el general al mando le dispara en la cara volándosela y dejando los circuitos al descubierto. Al final el preso indultado y los otros tres machotes se piran en el falo volador.

Yo, bueno,  siempre he sido un chico influenciable, las redes que teje la ficción me atrapan rápido. El día que vi Space Jam quería jugar al baloncesto, el día que vi Air Bud quería ser un perro que jugase al baloncesto. Yo jugaba a traerme a mi rutina la fantasía a la que más cariño tenía, pero lo del amor es peligroso aún siendo una ficción en la mayoria de sus brotes más infecciosos. Hasta las tetas de carga vírica. Te adentras en los impulsos primigenios de los que llamamos humanos y eso es terreno viscoso. Viscoso pero sabroso. Quiero dejar de vivir la vida de otros por diversión para luego volver a la mía cuando no me quede más remedio. La soledad produce ese tipo de estado borroso entre la realidad y la ficción. También lo produce internet, los paneles publicitarios de los centros comerciales, los libros buenos, y la ingente cantidad de casualidades que se presentan y que nosotros esperábamos con diente canino para morderlas y desangrarlas y saciarnos, un festín de vampiros. De vampiros atómicos.

Siempre recordaré octubre como el mes en el que perdí a lahora, mi trabajo y 300 euros. Todavía no sé si la nave del olvido ya ha partido . Y aquí estoy sonriendo como un gilipollas leyendo tebeos y viendo como los hombres nos convertimos en chistes/producto y las mujeres en proclamas/producto. Nosotros mientras nos convertiremos en una masa fofa de indiferencia en la que todo falla.

Lahoraporfavor. Ya éras libre para salir de mi celda de gotele, pero ahora tienes más tiempo. Vuela como el metro de Madrid. TQM. Total Quality Management.

También hubo un octubre que no recuerdo en el que me recuperé de una enfermedad rara. Los primeros casos se encontraron en Japón, no tenia cura conocida, se me pasó a base de antibióticos a granel. Tenía nombre de moto japonesa la enfermedad. Se me pelaban los dedos y dormía con una jeringuilla de insulina en el cabecero de la cuna. Por suerte hubo dos casos más en Móstoles antes que yo.  Por suerte dos niños se murieron antes que yo.

El otro día, otro que no era este, también en octubre, hablaba con dos hombres, uno militar y el otro taxista. El militar hablaba de un golpe de estado inminente, y yo iba a preguntar al taxista que con quien iría, pero no me dio tiempo porque contesto al segundo “yo iría con el ejército está clarísimo”. Me miran, me preguntan y les dije tal cual que yo iría con los que se mueren pero que quiero que mi cadáver sea uno de los cientos que se amontonen enfrente de la puerta de una biblioteca para que les cueste pasar. Echo la pota con clase. No tengo ni idea de por qué dije eso porque si algo les viene bien a los militares es leer y yo en ese momento hablaba con un militar y un taxista que leen mucho y bien. La idea no cuajó. Pero bueno quería quitarle peso a la situación y saque lo de la pila de cadáveres a colación porque sé que se reirían, y se rieron. Los camareros/estudiantes/recepcionistas de residencia/repartidores de propaganda de aikido somos unos rojos entre azules y unos azules entre rojos. Los colores se nos mezclan y todo el mundo sabe que si mezclas todos los colores sale el negro.

“Si miras de lejos y achinas los ojos todos somos negros ¿no?” “Si o moros no te jode” “¡Allápenas!” “Somos moros y gitanos” “yo soy visigodo porque tengo pelos rojos en la barba””con pelos rojos o no vamos a morir todos””menos los annunakis””Yo soy alto yo soy annunaki””tú eres gilipollas”.

El otro día también leí sobre canibalismo, todos los casos escondían la intención de convertirse en uno con la persona que deglutieron los antropófagos. Últimamente estoy escribiendo sobre señores viejos y me vino a la mente esto que anoté el otro día en un registro de cuidados básicos:

“Don Federico mató a su mujer, la hizo picadillo y la puso a remover. Llevaba tiempo queriéndolo hacer. Llevaba tiempo estando como un vegetal y le daba de comer. Le limpiaba, le vestía y le acariciaba la cabeza cantando que bonita que es mi niña que bonita es cuando duerme, se parece a la amapola entre los trigales verdes. La sonda nasogástrica sobraba. Diez veces por la Túrmix. Espesante para la sangre. Don Federico introdujo el tubito en su nariz. Se le puso como una piedra. El placer rompió la burbuja de su delirio. Ojos en blanco. Bailando. Entro toda todita en él. Don Federico se transformó en su mujer.”

Y otro día sufro la pasión. Con vinagre y todo

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Mi querido Hitler (1978), dir. Franco Castellano

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Mapa de la Pobreza de Londres, Charles Booth (1898-99)
Mapa de la Pobreza de Londres, Charles Booth (1898-99)

Mapa de la Pobreza de Londres, Charles Booth (1898-99)

Disparé a ese chico de cortijo que llamaban “El Fates”

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Ella guiñó dos veces los ojos e hizo aparecer el revolver a mi lado.

Yo estaba borracho, me habia meado

 estaba cantando por un cubata

Cantaba lararirarígüilaictuparí

en arameo

en esa peña

Ella me hizo cogerlo, Yo estaba perdido.

Me hizo disparar al alimentador y apagar todas las luces.

La vaina loca paró.

Carlos Lozano murió

Ahora quiero usarlo.

Algunas noches oyes como los perros torturados de las huertas ladran:

Los de la aldea no tienen pistola.

Y si la tienen no la saben usar.

Y si la usan,

la usan,

la usan.

Y si la usan

la usan pamear.

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En las fronteras interdimensionales: Capitulo X

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Mientras, dentro de la dimensión del aburrimiento, Anselmo ve sus rodillas frente a su cara. La parte de atrás esta ocupada por chicas y chicos universitarios que cacarean alto, ya tienen todas su vida por delante, no como hace seis años, y su inercia es suficiente para hacerles sentir seguros aunque no sean fuertes.

Un hombre negro delgado y calvo se sienta al lado de él.

Anselmo busca en las emisoras de la radio una estación intermedia en la que sólo se oiga ruido para poder leer. No es un trabajo fácil, cuando cree haberlo conseguido comienzan a distinguirse las voces de locutores sudamericanos o los acordes de una canción de rock. Cuando logra mantener un ruido blanco perfecto para el jaleo del interior del vehículo comienza a llover fuera. “Todavía queda mucho tiempo”

Cambia su postura, ya no está solo, y no puede sentarse como si no hubiera nadie a su lado. Eso le ha dicho dios disfrazado de pepito grillo manchado de sangre. Anselmo, excediendo la cantidad de información acumulada, empieza a notar una jaqueca al recordar el peluche  de pepito grillo que sus padres le compraron en galerías preciados y con el que golpeaba a sus compañeros de parvulario cuando se colaban en la fila, repartiendo justicia directa, sin intermediarios. Le gustaría repartir justicia como cuando era niño pero ahora su arma se ha vuelto contra él.

Es de noche, no se ve nada más que las gotas de lluvia formando canales con otras gotas en el cristal. El señor negro estira el cuello para intentar adivinar por donde va el vehículo. Anselmo pregunta “¿Donde se baja usted?” el negro responde “en Aldea, esto es Villamanta, esas luces que se ven a lo lejos es la urbanización de la Malpuesta”. Sabe lo que se hace. Al hablarle Anselmo se da cuenta de que tiene una cicatriz cruzándole toda la cara de un marrón brillante, mas claro que su piel. El negro pregunta “¿Donde vas tú?”, al responder el ruido blanco se hace más fuerte y no oye nada, pero sus labios se mueven. 

Todos sus sueños se juntan en ese momento y pasa rápido hasta llegar a una gasolinera.

Anselmo llega a su habitación, todo está en orden: Alf canta, Nixon juega a los bolos, un indio le apunta con su rifle, juanito reza y una niña con el pelo gris le grita “¡lee, membrillo!”. Todo el mundo sabe lo que esta haciendo, adonde está yendo, menos él. Todo el mundo tiene su pequeña parcela hipotecada en el infierno. Anselmo ha vivido toda su vida en un pueblo que no es el pueblo de nadie. Solo sabe huir, porque todos tenemos al enemigo dentro, pero el le ha mirado a los ojos, y es siempre lo mismo. 

                                                                        FIN

Póster de la película “Touche pas le femme blanche!” de Marco Ferreri (1974), por Giraud.

El de los pantalones cortos soy yo

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Me sucede con mucha frecuencia que voy barruntando una idea muy especifica a lo largo del día. La gran mayoría de veces se trata de alguna situación en la que me gustaría verme y en la que probablemente no me vea. Cuanto más tiempo aguante este tipo de ilusiones más posibilidades habrá de encontrarlas en el mundo real, incluso puedes ver señales o coincidencias. Las coincidencias esas que forman una rutina de esquizofrénico pero feliz. No crean ustedes que es algo fácil, el nivel de concentración al que me ha condenado mi uso desatado del internet hace que estos pensamientos, como sus homónimos botánicos (viola x witrockiana), crecan de manera abundante pero siendo extremadamente frágiles.

La flor pequeña que creció dentro de mi cerebro en este caso fue la de vomitar en público. El retortijón me vino en el Museo Carmen Thyssen-Bornemisza, un Lunes cuando es grátis. Me puse intelectual y me dejé seducir por la idea de devolver junto a un cuadro de Christian Schad. Por supuesto no lo hice, en su lugar me fui a comprar tebeos.

Subiendo Covarrubias le sonreí con todos mis dientes a  dos chicas y un chico bastante más blancos que yo que metían las maletas en el Gran Versalles. Seguí andando y cavilando náuseas. Comprar papel, la tarea concreta a la que dediqué esas horas, pasó a ser menos relevante que otros días. Pero al querer volver al centro donde hay mucha gente que le pregunta direcciones a los policías locales… hay mucha gente…hay mucha, tuve que pasar por la Gramola. Busqué entre las cintas de cassette que tienen fuera y saqué del fondo una de Los Calis a la que le cogí especial cariño, con sus letras rosas todasjuntas y los tres miembros del grupo vallecano de flamenco rumbero mirándome desde su fondo gris.

José Luis me dice - llévatela, sueña con el agua-. Eduardo me dice - no vas a pagar dos heypos por esto, agua agua-. José me dice - cógela y te la metes en el bolsillo, sueña con el agua la muda-. Un poco tocado porque no entendía muy bien eso último de la muda, me la llevé.

Y fue cuando, bajando la calle, rompí con los dientes el trozo de celo que cerraba la cinta, tape the tape, y leí el nombre de otro José Luis que no era el que estaba buscando. José Luis Cantero el Fary apareció en letras negras. En ese mismo momento en el que mi corazón no sabia si dejar de moverse o comprarse una C15 y estrellarla contra la oficina de turismo de Vodafone Sol, una chica bastante más blanca que yo, apoya su brazo derecho en el sagrado muro del monasterio de las Descalzas Reales y suelta una pota descomunal. Al espectáculo acudieron: gente sentada en la terraza del bar, gente sentada encima de la gente sentada en la terraza del bar, un matrimonio alemán de 64 años, un grupo de afroamericanos, australianos con collares echos con sus púas de guitarra y dos chicas que se hacen las longuis porque la que está echando liquido de pilas naranja por la boca y se le están estallando venitas de la cara del esfuerzo es su compañera de piso a la que conocieron hace dos días. Bueno yo también estaba allí con mi cinta pufo de los Calis y respirando muy fuerte por la nariz. y así sigo todavía en el muelle de San Blas como la Greca muerta. ¡Hala! ya lo he dicho.

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